12/08/2007

Errantes, caminantes y otros apegos de la tierra

La sensación de caminar bajo la luz del día, con las luces de la noche, sobre los puentes, en las calles desiertas, con niños a las puertas de los colegios saliendo de la mano y acompañados por un profesor. Ellos, los niños, que cruzan las aceras mientras los coches y los peatones se entremezclan con sus almas inocentes, con sus miradas sinceras, alegres y felices de tener esos nexos de unión entre sus semejantes. Da igual que sean arabes, negros, blancos, turcos, rumanos, gitanos; los niños aprenden de esta tierra lo que sus conciudadanos adultos les enseñan y es mucho, o poco, depende de como se mire. Les enseñamos a odiar en vez de a amar, les enseñamos a mentir en de vez de hablar de la verdad, ocultamos nuestros miedos para mostrarles un mundo lleno de falsos egos. Ah, la calle!, esas rutas imperiales por las que caminamos sin rumbo fijo, pensando en otras épocas pasadas, olvidándonos de la historia que las dejó marcadas, precisamente por los soldados de los imperios 'donde nunca se puso el sol', y otras huestes desoladoras. ¡¡Cómo si no hubiese otro circo en la vida que los antepasados de los generales y sus ideas!!.En realidad es una ironía sudyugarnos a pensar. Por ver habría que leer y ver lo bueno de todo ello, lo que de ello tendríamos que aprender. ¡Es que no tenemos bastante con ver amanecer todos los días!. Desastre de historia que no nos enseña a recuperar valores y principios en base a las experiencias negativas vividas de ella misma, de esa historia que revienta los intentos por evolucionar.

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