12/08/2007

"Elo y Yo" por Vicky Ferrero



Era mi segundo día de prácticas. Aún no me había curado de la impresión que me produjo encontrarme de lleno con la que me pareció la horrible cara de la vejez. El cuerpo más anciano que había visto era el de mi madre, que ahora me parece una sutil porcelana. Aún bailaba en mi ente, la cruel imagen de aquellas pieles terriblemente arrugadas, llenas de cosas extrañas que yo ni me hubiera imaginado que existían. No pude mirarme en el resto del día al espejo, pues pensaba que la imagen que me devolvería era la de aquellos cuerpos surcados por el tiempo que semejaban sarmientos retorcidos en una extraña y dramática danza. El hedor de los pañales que había quitado en la mañana anterior, me perseguía con la misma insistencia que un perro de presa persigue el rastro de un prófugo, y lograba que mi estómago se negara en rotundo a ingerir nada mientras pugnaba con fuerza por arrojar de él hasta la primera papilla que tomé en mi tierna infancia.

Ese día, me había propuesto superar mis escrúpulos. Cuanto más pronto me adaptara, antes terminaría el jodío sufrimiento, pues a pesar de todo, notaba que algo muy dentro de mí, algo parecido a un nuevo y extraño gozo, comenzaba a germinar en lo más profundo de mi alma.

Entré con cierta ¿timidez? en la habitación de Elo. Mónica mi instructora me indicó que pasara para el otro lado de la cama. Quité con torpeza la barandilla de protección, mientras Mónica la despertaba. Elo miraba a Mónica, ni siquiera se había dado cuenta de mi presencia allí. Sus ojos miraban ausentes, sin posarse en nada, mientras tensaba todos sus músculos, llevándolos a una rigidez que a mi compañera le resultaba imposible de manejar. Traté de ayudarla, tomando entre las mías una de las manos de Elo. Fue entonces cuando ella notó mi presencia. Sus ojos al mirarme destilaban un huracan de ira. Mónica me indicó que me apartara que iba a pegarme, pues solía hacerlo con frecuencia. Algo en mi interior me hizo, desoyendo el consejo de Mónica, acercarme más a ella. Comencé a hablarle lo más cerca de su rostro posible y con toda la ternura de que era capaz. Su mano, que había emprendido el vuelo tomando mi cara como pista de aterrizaje, se paró en seco en el aire, y fue descendiendo lentamentamente hasta mi mano, que se posaba serena sobre su hombro. Tiró de ella, en un débil intento de desasirse del contacto que yo mantenía sobre su brazo. Acerqué mi rostro al suyo y la besé en la frente, mientras seguía hablándole muy dulce, muy suavemente.

Mónica ya podía trabajar con ella. La rigidez de su cuerpo desaparecía dando paso a una suave docilidad. Elo me miraba intensamente, con sus maravillosos ojos azules. Y entonces se produjo algo que me dejó atónita, sin dejar de mirarme, acercó su cabeza lentamente a mi brazo en la que pienso que fuera su primera caricia en mucho tiempo. LLevé su mano hasta mi brazo, sin dejar de mirarla a los ojos, ella se prendió de él. Estaba rompiendo la barrera que el Alzheimer había puesto entre ella y el mundo. Dios mío, me sería imposible describir lo que sentía en mi interior. Sus ojos en mis ojos, permitiéndome leer en ellos un sin fin de emociones. Elo me estaba hablando con la única parte de su ser que aún puede hacerlo.

Bendije mi escorpio. Ese escorpio que es capaz de traspasar la materia y llegar diréctamente hasta el alma. Su rostro reflejaba una ternura infinita, e inquietos, brillantes sus ojos me decían toda la emoción que estaba sintiendo. despues de colocarla en su silla de ruedas, la llevé al comedor con los demás ancianos. Gloria intentó darle de comer pero cerraba la boca con una fuerza increible. Le pedí que me dejara darle yo. Tomé de nuevo su mano y la llevé suavemente a mi brazo e hice que me lo cogiera, mientras le hablaba con palabras muy básicas, pues son las únicas que recuerda. De nuevo sentí su mirada en la mía. Su rostro era presa de nuevo de esa emoción que intentaba trasmitirme de un modo casi desesperado...

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